Entrevista a Javier Ruiz: «En la alimentación hay grandes industrias con peso para ocultar todo aquello que no es bonito»

20 Mar 2018

Cada año, sesenta mil millones de animales terrestres y un billón de animales marinos son exterminados por el hombre para convertirse en comida o en ropa, o como una forma de diversión, y a juzgar por nuestros actos, parece que no seamos conscientes del daño que provocamos, pues lejos de disminuir, esas cifras siguen aumentando. Por ello, a veces hace falta tener una buena dosis de información, y justo eso es lo que nos ofrece Javier Ruiz en su libro De cómo los animales viven y mueren, un ensayo donde el autor analiza nuestra relación con el resto de animales y las consecuencias que nuestros actos tienen sobre ellos, sobre el planeta y sobre nosotros mismos.

 

 

De cómo los animales viven y mueren es tu primer libro, ¿en qué momento decides dar el salto y pasar de respetar a los animales a tratar de que los demás también los respeten?

 

Para mí se trata de algo que va intrínsecamente ligado, por lo que creo que, si no es algo inmediato, sucede poco después de que amplíe mi pensamiento y mi ética hacia otros seres que también sienten y padecen. El animalismo y la escritura son, desde siempre, dos aspectos fundamentales en mi vida: cuando percibo que un perro no difiere casi en nada de un cerdo o de una vaca y hago esa conexión, tengo que hablar de ello con mi familia, mis amigos, mis conocidos. Y a mí me encanta escribir, por lo que vi una nueva ventana con la que llegar a más gente.

 

En el libro hablas de la necesidad de «saber», ¿qué crees que debería saber la gente?

 

¡Qué fuerte empezamos! (risas). Por un lado, la gente debería sentir la necesidad de saber: saber a secas; cultivar esa pulsión por interesarse por su entorno, por nuevas vías de conocimiento, por la actualidad, por vivir con los ojos abiertos y siempre dispuestos a aprender. Por el otro, más circunscrito al animalismo y a la ética animal, deberíamos preocuparnos por ver qué ocurre a nuestro alrededor, saber cómo se producen los alimentos, cómo es posible que, en los países occidentales, haya carne y pescado las veinticuatro horas del día, por qué ha aumentado la inferencia del cáncer o de las enfermedades cardiovasculares, ¿sienten los animales?, ¿y qué sienten? Pero la pregunta más importante de todas no es ética: ¿es sostenible este sistema que hemos creado? Y no, no lo es.

 

¿En realidad somos conscientes de cómo afectan al resto de animales del planeta nuestros actos?

 

Somos más conscientes que hace cien años, pero afectamos miles de veces más también. Esa es la paradoja aquí. La globalización tiene aspectos muy positivos, pero uno de sus aspectos negativos es que conecta y ayuda a que terceros cometan injusticias por todo el mundo. Nuestra sociedad nos obliga a llevar un teléfono móvil en el bolsillo, y a contribuir en esa explotación por la extracción del coltán, o a comprar en cadenas multinacionales de ropa con una ética cuestionable, y eso ya nos hace cómplices.

 

Hoy, hay personas que, poco a poco, se han hecho conscientes de muchos de los problemas relacionados con la pérdida de la flora y la fauna de la Tierra, y del maltrato sistemático de los animales para consumo; por otro lado, sigue existiendo una gran masa que prefiere mirar hacia otro lado, y, sobre todo, a ellos, va dirigido el libro. ¡Léetelo, y no te creas nada de lo que te estoy diciendo sin contrastarlo! Pero, como decía antes, ¡cultiva esa curiosidad!

 

¿Cuál crees que es el animal que más sufre hoy día la presencia humana?

 

El hombre. Puede que esto que afirmo sorprenda, pero esa es la razón por la que le dedico todo el capítulo siete. Hay millones de personas con acceso limitado a alimentos, viviendo vidas de esclavos, rehenes de guerras, de terroristas, de fanatismos… Y ningún otro ser vivo tiene nuestras capacidades cognitivas: nosotros no solo sufrimos en el presente, también en nuestra proyección del pasado y del futuro.

 

Pero como he hecho un poco de trampa, contestaré también aquello que creo que me preguntabas, si bien dudo entre la vaca y el cerdo. Me quedo con el cerdo, no obstante, que es un animal asombroso, mucho más inteligente que los perros y que, tristemente, ha sido etiquetado y usado como animal de consumo.

 

Presentación del libro De cómo los animales viven y mueren en Casa del Libro, en Barcelona

 

 

En el libro, además de comida, hablas de pieles, plumas, zoos, etc., ¿piensas que se están produciendo avances en este sentido?, ¿somos más conscientes hoy que hace unas décadas?

 

Sí. Absolutamente. Hay dos niveles muy bien diferenciados aquí: las acciones que cambian tus hábitos de vida y las que no lo hacen. Dejar de comer carne y pescado, aún hoy, requiere de un esfuerzo y una implicación: buscar otros alimentos, otras tiendas, una dieta adecuada para nuestra forma de vida… Cambiar un colchón de plumas por uno sintético, no; y tampoco cambiar las pieles por prendas de polipiel. Aquí es mucho más sencillo inferir y cambiar los hábitos.

 

Por el contrario, en la alimentación hay muchos miedos, muchas excusas y grandes industrias con peso para ocultar todo aquello que no es bonito, desde las castraciones en vivo a cerdos o los casos de canibalismo que nadie sabe que están ahí hasta el vaciado de fetos de las vacas en el matadero. Necesitamos más tiempo y nuevas estrategias de comunicación, y hay que asumir que muchos animales seguirán sufriendo en las próximas décadas: ¡por eso hay que seguir trabajando en ello!

 

¿Qué sostenibilidad tiene el modelo de consumo actual?

 

Cero. Es un modelo que se destruye a sí mismo. Para 2050, no habrá agua potable y la atmósfera estará demasiado contaminada. Las guerras del futuro no serán por petróleo, sino por recursos naturales que nunca hemos apreciado lo suficiente, como el agua.

Actualmente, se está planteando la viabilidad de un proyecto de gran jardín (Neo Green) donde, al haber abandonado paulatinamente la conservación de la naturaleza, la domesticaremos para poder seguir teniendo aire que respirar: la siembra masiva del kiri o árbol imperial (Paulownia tomentosa), por ejemplo, es un primer paso para conseguir algo así. Pero esa no es una visión optimista de la ciencia, sino una visión pesimista de la naturaleza humana que parece que no pueda aprender a vivir sin destruir todo lo que la rodea. Un poco en la misma línea de lo que decía el astrofísico Stephen Hawking: «Tenemos que empezar a buscar otros planetas que colonizar para nuestra supervivencia». ¿Qué tal si aprendemos a cuidar del nuestro de una puñetera vez?

 

¿Qué puntos consideras clave para que aumentemos nuestra empatía con el resto de animales del planeta?

 

Solo uno: conocerlos. Tratar con ellos. Relacionarnos y aprender. Como ha probado la antrozoología, estamos diseñados biológicamente para sentirnos bien rodeados de animales: cuidando de otros seres vivos. Puede ser, incluso, que la domesticación del perro no se diese por razones tan utilitarias como sociales, de sentimiento, como se está discutiendo en estos círculos actualmente. Si conviviésemos con un cerdo, o visitásemos un santuario de animales, o, todo lo contrario, un matadero, no volveríamos a comer carne ni pescado: ¿para qué? No hay necesidad: solo lo hacemos porque está ahí, y se ha montado un «tinglado» para que no se vea todo el sufrimiento que hay detrás.

 

Hace cincuenta años se mataban muchos menos animales, aunque distaba de ser idílico, podíamos afirmar que no solo era algo minoritario, sino también necesario para no sufrir carencias. Hoy esto no es así. Actualmente, la gente ya no vive esa experiencia en primera persona, por eso es importantísimo que hagamos ese ejercicio de reflexión frente a los kilos y kilos diarios de carne o pescado que encontramos en los supermercados: ¿de dónde salen todos esos animales?, ¿y cómo es posible? Quizá no nos convirtamos de golpe en vegetarianos o veganos, pero es el inicio de un camino lleno de preguntas.

Puedes encontrar más información en el libro de Javier Ruiz De cómo los animales viven y mueren.

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